El grito desesperado de aquella mujer cananea ha quedado plasmado para siempre en nuestra liturgia: «Kyrie, eleison» cantamos; «Señor ten piedad, ten compasión» repetimos cada día.
(cfr. Un tesoro escondido, EVD)
«Entonces una mujer cananea se puso a gritarle: Ten compasión de mi, Señor, Hijo de David» (Mt 15,22)





