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San Francisco Javier

El grito desesperado de aquella mujer cananea ha quedado plasmado para siempre en nuestra liturgia: «Kyrie, eleison» cantamos; «Señor ten piedad, ten compasión» repetimos cada día.
(cfr. Un tesoro escondido, EVD)
 

«Entonces una mujer cananea se puso a gritarle: Ten compasión de mi, Señor, Hijo de David» (Mt 15,22)