El «traje de fiesta» del cristiano es llevar una vida coherente, es vivir en estado de gracia con una fe que se traduce en obras, una caridad que se concreta en gestos y una esperanza que se muestra en compromisos de conversión y cambio.
«Reparó en uno que no llevaba el traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?» (Mt 22, 11-12)





